sábado, 17 de marzo de 2012

UN HOMBRE, con mayúsculas

Querido amigo:

Ayer estuve en un entierro. Es la primera vez que veo uno. Supongo que aquí, en los pueblos, es más normal, más lógico. En las cuidades es todo tan aséptico y desprovisto de humanidad. Allí todo se hace para hacernos más llevadera la muerte. Porque, en definitiva, la muerte de otro ser humano nos recuerda la propia, lo efímera que es la vida. Nos enfrenta a la posibilidad de que algún ser querido y cercano también muera.

Hacía mucho calor, demasiado para el mes de marzo. Dicen los viejos que no recuerdan un invierno tan seco ni un calor como el de estos días. Subí a la iglesia. En la plaza algunos corros de hombres, charlando y fumando. Sólo otra mujer a parte de mí. Entré en la iglesia tras saludar.

Por fin la veía por dentro, después de tantos meses aquí (un día lleno de primeras veces). Me sorprendió encontrarme con unas paredes blancas con los arcos y columnas en albero. Al fondo hay un gran retablo y bajo él un hombre ya mayor oficiando la ceremonia. Cantada, para grata sorpresa mía (otra primera vez). Estuve un buen rato, observando a la gente, al cura, a los hombres en la calle. En la eucaristía salí fuera nuevamente y me uní a los hombres para charlar.

Al cabo de unos minutos comenzaron a salir. Quise acercarme para darle el pésame al hijo de la fallecida, pero me resultó imposible. Introdujeron el féretro en el coche fúnebre. Un sol espléndido nos bañaba a todos. Se inició la marcha hacia el cementerio, con la cruz de guía al frente. Se iniciaron las charlas entre unos y otros, los que hacía tiempo que no se veían, "qué tal estáis, ¿y los chicos?" "hacía tiempo que la mujer ya no conocía a los suyos, ya sabes..." "y tu hija, ¿aún en paro?" "pues sí, ayer tuvimos otro entierro..." "mal, chica... con lo suyo, de médicos todo el día..." "...aquí, chico, a acompañar, hay que estar..." Unas y otras conversaciones iban y venía, fluían. Una marea multicolor bajando por la calle.

Una vez en el cementerio la gente se desplegó como un abanico. La tumba se encontraba en el extremo derecho del mismo pero el cementerio entero se llenó. Algunos visitaban alguna tumba conocida, algún ser querido, otros seguían con sus charlas y salutaciones, sus presentaciones ("... es mi hermana, la pequeña..."), otros simplemente guardábamos una distancia prudencial, por respeto a la familia. En mi caso, no conozco más que al hijo, y no mucho. Esperé, observé. El sol calentaba demasiado y deslumbraba tanto que tuve que usar una mano a modo de visera para ver qué ocurría al fondo.

En ese momento me di cuenta que, con unas maromas enormes iban bajando el féretro, a pulso, entre varios hombres, uno de ellos mi conocido. Y comprendí lo duro que ha de ser enterrar con tus propias manos a tu madre. No pude evitar, mientras las palas comenzaban a arrojar la tierra, pensar en tener que hacer algo parecido, con mis manos. Pero una imagen borró de mi mente todo y me devolvió a la realidad. Mientras la tierra golpeaba la caja de madera, una gran mano, acostumbrada al azadón, la sierra y el hacha, una mano ancha y callosa, fuerte y recia, trataba inútilmente de secar las lágrimas que brotaban sin cesar de unos ojos profundamente azules. Los hombros cayeron un poco más, la cabeza giraba negando y a veces asentía sin más, viendo cómo la que un día fue su madre desaparecía para siempre.

Tuve que pararme, retenerme, para no salir corriendo y consolarle. Instinto maternal, supongo. Cuando ya no pudo más se giró, y se encaminó hacia la salida. O lo intentó ya que en ese momento comenzaron a acercársele unos y otros, a darle el pésame. Esperé, no me moví, seguí observando. Se iba calmando, asintiendo, agradeciendo, avanzando poco a poco, acercándose a mi posición. Y a falta de tres o cuatro pasos se quedamos solos frente a frente por un momento, me miró a los ojos y pude ver el dolor reflejado en su gesto. Salvé la distancia que nos separaba mientras abría los brazos. No dije nada, sólo le abracé. El dejó caer los suyos a los lados, vencido. Un sollozo escapó de su pecho mientras decía: "Ya, Lola, ya está..." Hizo amago de apartarse pero le abracé más fuerte, intentando darle todo mi apoyo, queriendo decirle que lo entendía, que sabía cómo duele, que perdí a los míos joven, intentando consolar a aquél gran hombre. Se rindió y me devolvió el abrazo. Creí sentir una corriente de comprensión mutua. "Ya pasó, ya está..." le respondí yo. Y nos separamos.

Probablemente ese abrazo me sirvió más a mí que a él. Al verle así pude reconciliar una imagen que no me cuadraba en la mente. Hacía tiempo que venía por el bar y, en ocasiones, venía arreglado, a eso de las 8 de la tarde, quizá antes. Pedía un café y decía que iba a ver a su madre, a darle la cena. En ese momento pude imaginarle, sentado junto a ella, la mujer que le dió la vida que ahora le miraba como a un extraño. Pude ver el amor en su mirada mientras la miraba comer. "A ver sino, qué vas hacer, habrá que ir..." decía. Pero una pequeña sonrisa, apenas perceptible, escapaba entre sus labios. Le gustaba ir, visitarla y estar con ella. Se le notaba una pequeña punzada de dolor cuando decía que no le reconocía pero su filosofía, su modo de verlo, era (y es en todo lo que piensa) de una lógica aplastante, "a ver, qué vas a hacer, habrá que estar, ¿no?..."

Ay amigo, esta noche lloro por los míos, los que se fueron. Unas pocas lágrimas en su memoria. Y por él también, un hombre con sesenta y tantos años, duro como el granito, fuerte y entregado. Un hombre que siempre está cuando hace falta, que nunca dice no. Un hombre que no tiene revés, claro y llano, leal y sincero. Un hombre de los que se ven pocos que, no pareciéndolo, le intuyo una sensibilidad y una dulzura como a pocos. Un hombre que, con unas lágrimas por su madre, ha tocado mi alma y mi corazón.

Esta noche lloro pero no estoy triste. En el fondo estoy agradecida por mi suerte, por la suerte de vivir en el paraíso y estar rodeada de gente maravillosa.

Escucho música, un piano me acompaña en mi escritura. Me siento bien, lloro pero estoy bien. Estoy viva. He recordado algo que he leído hoy, algo así: "no añadas años a tu vida, añade VIDA a tus años".

Buenas noches, amigo mío, dulces sueños. Vela mi sueño y el de los míos. Un beso sincero.

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