martes, 22 de noviembre de 2011

De las estrellas

Querido amigo:

Esta noche he salido a pasear a las afueras del pueblo, en un lugar donde pueden verse las estrellas. Donde vivo los cielos son claros y limpios y, en las noches despejadas y sin luna, pueden verse infinidad de estrellas, con una claridad y una belleza que pueden tocarte el corazón y derretir el hielo que en él pudiera haber.

Es noviembre y hace frío y aún así me he tumbado para observarlas. Las nubes se iban adentrando desde El Cerro, despacito, como una gasa suave, casi transparente. Las estrellas de mi derecha velaban ya su luz. A su alrededor podía verse un halo blanco. Pero el centro de la Vía Láctea aún se distinguía con claridad. Hoy ha sido la primera noche que he visto a las estrellas titilar.

¡Qué perfección, qué hermosura! Ahí estaban ellas, haciéndose guiños unas a otras. Parecían seguir el ritmo de una melodía que yo no podía escuchar. Claro, eso está reservado para el mundo de las estrellas, no de los humanos. Me he quedado un buen rato mirándolas, disfrutando de ese magnífico juego de luces.

Y ante semejante visión, ¿quién no se ha planteado lo efímero de su existencia frente a la grandeza del universo? Si te paras a verlo desde un punto de vista exclusivamente material y humano, la sensación de vértigo te invade y sientes que el suelo vacila a tus pies. Hay quien dice que ahí arriba lo que hay es una grandísima cantidad de "nada", de espacio vacío. Pero, ¿y qué somos nosotros?

Bueno, estamos hechos de piel, carne y huesos, algo de sangre corriendo por nuestras venas y un poco de pelo (o mucho, según quien). ¿Y de qué están hechos estos elementos? Pues de unas diminutas células, pequeñísimos seres vivos que nacen, crecen, se alimentan, interactúan entre ellos, se reproducen y mueren. Vamos, como nosotros pero en chiquitín. Pero estas células, ¿de qué están hechas? Largas moléculas de proteínas y otros elementos, mucho carbono, oxígeno, calcio, magnesio... En realidad, de un puñado de átomos que han decidido relacionarse de una manera curiosa y así formar dichas moléculas. Claro, hasta ahí bien, lo que casi todos hemos estudiado en el BUP. Pero los átomos se componen de electrones, protones y

neutrones, y éstos en otras partículas aún más pequeñas y, ¿sabes qué? Pues que entre ellas sólo existe un montón de espacio vacío.

Así pues, amigo mío, el vértigo entra no cuando ves la inmensidad del universo, sino cuando te das cuenta de que no eres más que un montón de espacio vacío. ¿Y si somos los universos de esas pequeñas partículas que nos forman? ¿Y si nosotros somos las pequeñas partículas que forman este universo? Eso sí que da vértigo, ¿eh?

Bueno, quiero creer que somos una parte más de un grandísimo TODO y que nos relacionamos e interactuamos entre nosotros y con nuestro entorno en diferentes planos, que cuando muramos en esta

existencia seguiremos viviendo otra, de alguna manera que no comprendemos y que, quizá, volvamos a terminar lo que no acabamos.

No sé, como el trigo. Lo plantas, germina, va creciendo verde y orgulloso, grana y pone sus "granitos" en este mundo y entonces comienza a morir, se seca, amarillea y muere. Pero toda su energía, su vida, su información genética, se encuentra en esos granos y en ellos vivirá. Será otro (otros), será diferente, pero seguirá viviendo.

La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. No puedo, NO QUIERO creer que la maravilla espiritual, intelectual o sentimental que es el ser humano se pierda sin más. Y eso me hace ser feliz con mi corta existencia.


¡Vaya, amigo mío! ¡Qué metafísica estoy hoy! Y eso que quería contarte lo bonito que es nuestro cielo. Nuestro, llevo sólo unos meses viviendo aquí y ya lo he hecho mío. Sé que algún día vendrás y lo podrás ver por ti mismo. Sé que podremos verlo juntos. Sé que, en una de esas noches estrelladas y sin luna del verano nos tumbaremos y podremos disfrutar de la belleza del universo; podremos sentirnos pequeñitos juntos, así al menos no nos sentiremos solos.

Hoy no estoy triste amigo, hoy me siento algo más viva. Pero sólo un poco. Hoy no quiero mirar dentro de mí. Hoy prefiero las estrellas, así mañana tendré otra perspectiva, más amplia, espero.

Tú sigue ahí, donde quiera que estés. Yo seguiré aquí, viviendo mi vida, resolviendo mis conflictos, muriendo y resucitando, siguiendo mi naturaleza, descubriendo esa naturaleza, sanando mi alma, pero ¿sanaré también mi corazón? Duele, aún sangra tras la última herida. Pero creo haber descubierto algo ¿sabes? Creo que nadie me hace esas heridas, creo que soy yo la que me daño o la que permite que algo me dañe.

 
Otro símil: llevo las manos, brazos y piernas llenos de marcas. Son marcas de quemaduras (horno, estufa, plancha...), tengo cardenales en piernas, brazos y espalda de los golpes que me doy con muebles, picaportes, puertas... Como decía Hermes: como es arriba es abajo. Y al igual que me golpeo y me quemo sin ayuda de nadie, así hago con mi corazón. Bien, parece que ya tengo algo más sobre lo que meditar.

Amigo mío, me cuesta mucho pero voy a despedirme ya. Espero poder escribirte otra carta mañana.

¿Duermes ya? Seguro, es muy tarde. Te mando un beso, un beso en la frente que aleje los malos sueños y los malos pensamientos. Dulces sueños, amigo mío.


Un Beso

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