Querido amigo:
¡¡ Qué bien me encuentro ahora mismo !! Puedo parecer una loca con tantos cambios en tan poco tiempo. No sé, ni me importa, la verdad. Hoy he ido a pasear. Creo que esta va a ser la hora de ir, justo después de comer. Ahora, con el otoño, los días se acortan cada vez más. Anochece enseguida y claro, refresca. Además, a las 5 tengo que estar a recoger a los niños (no preguntes, no, los recojo yo y punto).
Hoy he ido con un parroquiano ablanqueño y me ha encantado. ¿Sabes que aquí todo tiene un nombre? Tú (bueno, yo, quiero decir) miras una roca y la de al lado y piensas: "dos rocas" y punto. Pues aquí todas tienen nombre. Las pedrizas, los cerros, los altos... todo tiene un nombre. Me encanta. Dice el parroquiano que tiene un mapa hecho por él y otro de toda la zona, que a ver si me lo enseña. Creo que lo tiene acristalado pero, si consigo convencerlo, lo escaneo y ya te lo enseñaré.
Ha sido genial. Y hasta hemos encontrado unas pocas setas de cardo, que este año no hay. Y un níscalo (sí, sólo uno) pero bastante pocho. Luego un buen paseo por el monte y vuelta a casa. Ha sido genial. Pena de cámara de fotos porque habría hecho un montón y la temperatura era increíble para las fechas que estamos.
Ahora estoy muy relajada.
Es por la noche. Lo anterior que te escribí fue por la tarde y estaba tan relajada que me eché un rato y luego fui a por los niños. A partir de aquí llega mi trocito de tranquilidad.
Pues me sigo ratificando en lo que te he dicho en otras cartas: esta tierra es maravillosa, preciosa, llena de vida, salvaje a ratos, domesticada a veces, extensa y vasta, sin gente, sin casas, sin coches, sin farolas, sin asfalto. Es TIERRA, roja aquí, parda allí, verde un poco más allá... Hoy me he sentido niña, he vuelto a mi niñez de golpe. He tenido un "dejá vú" desde Los Rasillos: el olor a jara y pino, el campo abierto, algunos pinos sueltos, un camino embarrado, la luz otoñal, las sombras alargadas.
Y he recordado algo ya olvidado: aquéllos días de octubre o noviembre en que mi madre nos recogía del colegio y nos llevaba a merendar a la Casa de Campo. Ibamos los tres, mamá, Arturo y yo, andábamos hasta el parque de las torres, cruzábamos la carretera por el paso elevado y ya estábamos en La Casa de Campo. Los pinos, ese olor, el campo... un paseo hasta el lago, tomar la merienda, Arturo y yo corriendo, él metiéndose conmigo: "lenta..." "Jo, mamá, Arturo me está rabiandoooo..."
Volver a recordar esos días de felicidad, esos días de la infancia en los que no existen problemas de trabajo, ni responsabilidades. No hay letras ni deudas, no hay que comprar comida o pagar la luz, el único amor que necesitas está a tu lado (mami, te extraño) y es incondicional y seguro. Esos días en que podías saltar sobre una enorme montaña de hojas (pobre jardinero) sin que nadie te mirase como a una loca (lo he hecho en el puente romano, pero no me ha visto nadie más que mi hija y mi perra =) ) Ahhh, y recuerdo otra cosa, los guardas del Icona. Si cierro los ojos me parece verles, con su traje marrón, su sombrero, un cinturón que se cruzaba desde el hombro, de color rojo creo. ¿Llevaban escopeta? Creo que sí, pero está tan lejano el recuerdo... Y también recuerdo que a veces podía verse algún ciervo. Pero eso más hacia El Pardo, ahí sí que se veían.
Es curiosa la memoria, ¿verdad? Hay cosas en las que no has pensado ni un momento en años y años y... ¡ZÁS! Ahí están de repente, con toda su luz y su color, con todos sus detalles, hasta el más mínimo. Hasta puedo recordar los bloques de granito que conformaban la calzada de aquéllas calles del otro lado del río, aquéllos que se iban levantando gracias a las raíces de los árboles y en los que, cómo no, invariablemente me tropezaba... "Mari Loli... mira por donde vas... así no hombre, levanta la cabeza pero mira hacia delante, hacia el suelo..." Y al poco, ¡pumba! otro tropiezo... La historia de mi vida se resume en un paseo por el barrio, llena de tropiezos, caídas, raspones en las rodillas, lágrimas, una carrera "a que no me coges", risas, cantar mientras saltas, saltar a la comba mientras andas, de camino a la pastelería (¿se llamaba Crespo o eso era el bar?) o a la tienda de juguetes... ♫"Quien pisa raya pisa medalla..."♫ Todavía hoy, en ocasiones, miro al suelo e intento no pisar los bordes de los adoquines o las baldosas del suelo.
Sí, la mente humana es realmente curiosa... Ahora se me antojan dulcísimos esos recuerdos. Está tan lejano ese Madrid en el que vivía, alejado del centro y del bullicio, ese barrio tan tranquilo. Recuerdo que, nada más cruzar el río, a la derecha del puente, había un árbol en el que un viejecillo ponía un pequeño puesto de chuches. Ahí comprábamos de todo, desde 10 céntimos (de peseta, no de euros eh?). "Vamos al Viejecillo a comprar caramelos de nata y palolú..." Un día algún desalmado le quemó los cuatro tablones que tenía, con los que se había hecho un techecillo del que resguardarse si llovía. Era una minúscula casucha hecha con unos cartones, unos tablones y un trozo de uralita, todo apoyado en aquel árbol. Y se lo quemaron. Yo era una cría y no supe qué había pasado, sólo que ya no estaba el Viejecillo, y me dio mucha pena.
Pero un día, en la calle Comandante Fortea, junto al kiosko de periódicos, apareció un puesto pequeño, prefrabricado, de metal, con su puerta y su cerradura, su ventanuco. Era amarillo (horrible en comparación con el del árbol, bajo mi punto de vista) y ahí estaba, nuestro Viejecillo. Su misma ropa ajada, sus pantalones gastados, las zapatillas marrones de cuadros, de las de andar por casa, la camisa y sobre ella una chaqueta oscura, tan usada y descolorida como el resto de su ropa. Y su boina, que no faltara. Encorvado, con sus ojos ya apagados. Casi no veía las monedas pero a ninguno se nos ocurría engañarle. Tan entrañable. Debo de estar haciéndome mayor porque me está emocionando este recuerdo.
Y ahí siguió durante años, tantos que yo me fui del barrio antes que él. Cambiamos las chuches por cigarrillos sueltos, cuando empezábamos a fumar. Mis padres fumaban Ducados y yo prefería el Fortuna. 5 ptas. el cigarro. "Tres Fortunas sueltos y dos chicles de clorofila..." Y de ahí al parque, o a los Caminitos, donde hacíamos lo que ahora se llama botellón. Vamos, primero a la bodega a por los litros y luego allí a beber cerveza y sentarnos en círculo: beber, fumar, charlar, jugar a las cartas o "enrollarnos" con el "ligue" del momento. ¡Vaya...! Acabo de recordar que, justo antes de coger la calle que llevaba a Los Caminitos había un árbol con una placa, en el que se supone se sentaba Goya a pintar o algo así.
Bueno, no sabía que tenía todo eso por ahí guardado. Vaya carta larga y llena de recuerdos que te mando hoy. Fíjate lo que puede hacer un buen paseo, ¿eh? "Quien mueve las piernas, mueve el corazón..." y éste la sangre, y ésta activa la mente... Me gusta.
Mi querido amigo, ¿de dónde eres tú? ¿Cuáles son las vivencias de tu infancia que te conmueven hoy día? ¿Eres de campo o de ciudad, de la montaña o del mar? Me gusta imaginarte en diferentes pieles y con diferentes vidas... sin quedarme con ninguna en particular. Sólo imaginarte...
Mi queridísimo amigo, me despido ya por hoy. Creo que te estoy escribiendo todos los días. Aunque la semana que viene eso no será posible. ¿Te he dicho que me voy a Valencia? Creo que sí. Allí no tendré ordenador pero no desesperes. Son pocos días y pronto me tendrás de vuelta. Podré contarte qué se ha removido en este viaje. Ya sabes que estoy en época de cambios y es bueno hacer limpieza en esta casona que soy yo, quitar telarañas, iluminar estancias oscuras y olvidadas, abrir ventanas y dejar pasar la brisa de la mañana... Hoy me he parado a ver algunas de "esas fotos antiguas" y me han hecho sonreir. Ya veremos en qué me detengo mañana.
Recibe mi obligado beso de buenas noches, mi deseo de que tengas dulces sueños, tranquilos y muy dulces. Recibe mi cariño y mi amor. Ahora me gustaría recostarme en tu hombro y dormir; eso soñaré, tú me ayudarás esta noche a sentirme mejor, a no estar "sola en medio de un montón de gente...", gracias por tu abrazo, aunque sólo esté en mi imaginación, gracias por tu beso en la frente, gracias por tu caricia en mi mejilla. Buenas noches, amigo querido.
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